¿Sabías que...?

¿Sabías que el LSD fue investigado seriamente como tratamiento psiquiátrico?

Durante dos décadas, algunos psiquiatras creyeron haber encontrado en el ácido lisérgico una llave maestra para la mente enferma. Más tarde, la ciencia lo abandonó.

Corría 1943 cuando Albert Hofmann, un químico suizo metódico y algo despistado, absorbió accidentalmente una minúscula cantidad de una sustancia que él mismo había sintetizado. Y después de un desconcertante viaje de vuelta a casa, donde empezó a notar que todo a su alrededor cambiaba de forma y de sentido, se dió cuenta que aquel trayecto, tan cotidiano, se convirtió en una experiencia completamente fuera de lo normal. Sin saberlo, acababa de abrir la puerta a algo que marcaría para siempre la historia de la psiquiatría. La sustancia era la dietilamida del ácido lisérgico. El mundo la conocería pronto como LSD.

Lo que hoy asociamos casi exclusivamente con la contracultura de los 60 fue, durante dos décadas completas, objeto de un entusiasmo científico genuino y riguroso. Algunos psiquiatras en Europa y Norteamérica vieron en el LSD una herramienta terapéutica sin precedentes..

La molécula que abría puertas

Si el LSD inducía en personas sanas algo parecido a la psicosis, quizás podría ayudar a los psiquiatras a comprender desde dentro lo que vivían sus pacientes. O eso al menos se pensaba. Pero rápidamente los clínicos observaron algo más interesante. Administrado en dosis controladas y en un entorno terapéutico adecuado, el LSD parecía disolver las defensas psicológicas del paciente y facilitar un acceso emocional profundo que años de terapia convencional no habían logrado.

  • El psiquiatra canadiense Humphry Osmond publicó en los años 50 resultados prometedores para la época en el tratamiento del alcoholismo crónico. Sus pacientes, después de una o pocas sesiones guiadas con LSD, reportaban experiencias de carácter casi espiritual que reorganizaban su relación con la bebida. Las tasas de abstinencia que presentaba eran significativamente superiores a las de cualquier tratamiento disponible en la época.
  • Entre 1950 y 1965 se publicaron más de 1.000 artículos científicos sobre el uso terapéutico del LSD. Aparecían en revistas de referencia y los firmaban investigadores de universidades y hospitales de prestigio en Europa, Canadá y Estados Unidos.

Ansiedad, traumas y el miedo a la muerte

El espectro de aplicaciones que se investigaba era amplio. Más allá del alcoholismo, los investigadores exploraban el LSD como herramienta para el tratamiento de la ansiedad severa, las neurosis obsesivas, la depresión resistente y, quizás lo más llamativo, el miedo existencial en pacientes terminales. En estos últimos, las sesiones psicodélicas parecían producir una reconciliación emocional con la muerte que la morfina o la terapia verbal simplemente no conseguían.

Ahora ya conocemos que el LSD actúa principalmente sobre los receptores de serotonina 5-HT2A y reduce la actividad de la red neuronal por defecto, esa especie de «piloto automático» mental que perpetúa los patrones de pensamiento rígidos. En personas con depresión, adicción o trauma, esa rigidez es precisamente el problema. La molécula, al menos temporalmente, la deshacía.

El final abrupto

Entonces llegó Timothy Leary. Y con él, la tormenta perfecta. El carismático y provocador psicólogo de Harvard convirtió el LSD en bandera de la contracultura, en símbolo de rebeldía generacional y en pesadilla para cualquier gobierno que quisiera mantener el orden. Las imágenes de jóvenes drogados en festivales, los titulares sobre «viajes» que terminaban mal, el pánico moral que se extendió como espuma.

En ese clima, la investigación científica se volvió cada vez más complicada. No solo por razones políticas, sino también por limitaciones metodológicas de los estudios de la época y por la dificultad de controlar sus efectos en entornos no clínicos. Finalmente, en 1968, el LSD fue prohibido en Estados Unidos y clasificado como sustancia sin uso médico aceptado y con alto potencial de abuso.