Cuando llega el calor, lo normal es notar que el cuerpo pide menos comida que en invierno. Las ganas de comer un plato grande o algo contundente desaparecen casi sin darnos cuenta, y muchas personas lo achacan simplemente a la pereza del verano. Pero no es solo sensación ni cuestión de ánimo. Tiene una explicación fisiológica clara, y bastante lógica si se mira con calma.
El organismo tiene un trabajo prioritario en los días de altas temperaturas: mantener la temperatura interna estable, alrededor de los 37 grados, sea cual sea el calor que haga fuera. Para conseguirlo, activa mecanismos como la sudoración y la dilatación de los vasos sanguíneos, que permiten liberar calor a través de la piel. Todo este proceso consume energía y recursos del cuerpo. Cuando el termostato interno está volcado en esa tarea, otras funciones, como la digestión, pasan a un segundo plano.
Aquí entra en juego un concepto que pocas veces se explica fuera del ámbito médico, la termogénesis inducida por la dieta. Digerir alimentos, especialmente los más pesados, los fritos o los ricos en grasa, genera calor como subproducto del propio proceso digestivo. En invierno, ese calor extra puede incluso ser bienvenido. En pleno verano, es justo lo contrario de lo que el cuerpo necesita. Por eso, como mecanismo de adaptación, reduce la señal de hambre para evitar generar más temperatura interna de la cuenta.
Esto explica por qué en verano apetecen menos los guisos, los estofados o las comidas copiosas, y en cambio resultan mucho más atractivas las ensaladas, las frutas, el pescado a la plancha o los platos fríos como el gazpacho. No es solo una cuestión de gustos estacionales ni de moda. Es el cuerpo ajustando el apetito de forma inteligente a lo que realmente necesita en ese momento, priorizando la regulación térmica sobre la ingesta de calorías.
Comer menos no es la solución
Ahora bien, esto no significa que en verano haya que comer menos de lo necesario ni saltarse comidas. El cuerpo sigue necesitando energía, vitaminas y minerales, sobre todo porque pierde más líquidos y sales minerales a través del sudor. La clave está en elegir alimentos ligeros pero nutritivos, que aporten esa energía sin obligar al organismo a trabajar de más para digerirlos. Las frutas y verduras de temporada cumplen ese papel a la perfección porque hidratan, aportan vitaminas y se digieren con facilidad, justo cuando el cuerpo está centrado en una prioridad distinta, que no es otra que no pasar calor.