Un aviso a media mañana en Madrid cambió por completo su apariencia inicial en cuestión de minutos. La UVI móvil de Cruz Roja, operativa en Cuatro Caminos, recibió una llamada desde Sanchinarro. Un hombre de 43 años, diagnosticado poco antes de una gastroenteritis, había empeorado en su domicilio tras presentar vómitos y diarrea, y se había mareado y caído al suelo.
Una salida que parecía desproporcionada
Durante el trayecto, en la ambulancia surgieron comentarios de escepticismo. Movilizar una unidad de cuidados intensivos para un cuadro digestivo parecía una salida desproporcionada. Pero al llegar, la realidad se impuso en segundos, el paciente estaba inmóvil, con los ojos abiertos y un color gris que apenas dejaba lugar a dudas.
Dos datos que cambiaron el diagnóstico
Mientras el equipo tomaba constantes y hacía un electrocardiograma, la esposa aportó dos datos clave, el paciente tomaba un inhibidor de la enzima convertidora de angiotensina y padecía insuficiencia renal. El electrocardiograma mostró una línea prácticamente de asistolia. El corazón se estaba deteniendo por una causa concreta y reversible, una hiperpotasemia severa, especialmente peligrosa en pacientes con insuficiencia renal.
Golpes en el pecho para ganar tiempo
El equipo aplicó golpes precordiales cada vez que el corazón se paraba, para recuperar momentáneamente la actividad cardíaca mientras se administraba el tratamiento. Y funcionó. Cada golpe arrancaba unos latidos más, en un ciclo repetido mientras se suministraban bicarbonato, glucosa e insulina para reducir con urgencia el potasio.
La confirmación en el hospital
Poco a poco el ritmo cardíaco se estabilizó y el corazón volvió a latir con normalidad. Ya en el Hospital Ramón y Cajal, una gasometría confirmó la gravedad del episodio, incluso tras el tratamiento inicial el potasio seguía en 8,9, una cifra crítica capaz de detener por completo el corazón.
Una manita de hostias
El paciente quedó ingresado y el equipo recibió la felicitación de sus compañeros del hospital. Antes de que se marcharan, ya consciente, agarró del brazo al médico y le agradeció, con humor castizo, la manita de hostias.
Una intuición sin protocolo
De regreso quedaba una pregunta en el equipo, por qué se había movilizado una UVI móvil para un cuadro que, sobre el papel, parecía una simple gastroenteritis. La respuesta llegó al hablar con el médico coordinador del aviso, que no tenía una explicación académica ni un protocolo al que aferrarse. Solo una intuición difícil de definir, un sexto sentido. Esta historia fue publicada en la revista del Colegio de Médicos de Madrid, ICOMEM, y está firmada por Rafael Ortega, vocal de Atención Primaria del ICOMEM y miembro de Valores de Nuestros Médicos.



