Las comidas del verano

El calor aprieta y el cuerpo lo nota. Cambia el apetito, cambia la sed y también debería cambiar el plato. Más allá de la búsqueda del “menú ligero”, el verano es una oportunidad para comer mejor aprovechando lo que la temporada ofrece en su mejor momento.

En los meses de más calor lo ideal es apostar por alimentos frescos, ligeros y de temporada. Verduras como el pepino, la lechuga, el tomate, el calabacín o la berenjena no solo aportan vitaminas y fibra. También ayudan a mantenernos hidratados gracias a su alto contenido en agua.

El agua que se come

La hidratación no depende solo de lo que bebemos. También depende de lo que comemos, especialmente de frutas y verduras, que aportan una cantidad significativa de líquido de forma natural. Algunos vegetales superan el 90% de agua en su composición.

El pepino encabeza la lista, con un 96% de agua, lo que lo convierte en una de las opciones más refrescantes para los días de más calor. Le siguen la lechuga, el apio, los rábanos o la acelga, que rondan el 95%, y justo por detrás están el tomate, el calabacín y el pimiento verde, con un 93%. Entre las frutas, la sandía, el melón y las fresas también superan ese umbral.

Platos que refrescan de verdad

Con calor conviene comer de forma más ligera y frecuente, para no sentirse pesado a lo largo del día. Las ensaladas frescas con vegetales crudos, cereales integrales y proteínas magras son una opción ideal. Una combinación sencilla y resultona es la de espinacas, nueces, pera y queso de cabra con vinagreta de balsámico.

El gazpacho sigue siendo el plato bandera del verano español. Conviene dejarlo reposar en la nevera al menos una hora antes de servir, así los sabores se asientan y se intensifican. Para una versión distinta, el gazpacho de sandía con tomate es una alternativa más dulce, perfecta con un toque de aceite de oliva y unas hojas de menta fresca.

Las frutas y verduras de temporada suelen ser más sabrosas y nutritivas que las que están fuera de su ciclo natural. Por eso, en estos meses es buen momento para que al menos la mitad del plato esté compuesta de vegetales.

Cuidado con la cadena del frío

El calor también trae riesgos. Las temperaturas altas favorecen el crecimiento de bacterias en los alimentos, así que conviene reforzar las precauciones con los productos más delicados. El pollo es uno de los que exige más cuidado, ya quep debe mantenerse siempre refrigerado y por debajo de los 4 grados.

La carne picada y el pescado fresco merecen la misma atención. Lo recomendable es comprarlos y consumirlos el mismo día, ya que su mayor superficie de exposición facilita que los microorganismos se multipliquen con más rapidez. Los huevos y las salsas que los llevan, como la mayonesa casera, tampoco deben pasar tiempo fuera de la nevera.

Más allá del plato principal

Las opciones para improvisar algo fresco son muchas y no exigen pasar horas en la cocina. Una ensalada de tomate, mozzarella y melón con un toque de menta funciona como entrante o plato único en una cena de verano. Las brochetas de fruta, con sandía, melón, fresas y uvas, son un postre sin complicaciones. Y los smoothies de frutas y verduras siguen siendo la forma más rápida de conseguir algo nutritivo sobre la marcha.

Comer bien en verano, al final, no significa renunciar al placer de la mesa. Significa elegir productos de temporada, cuidar la cadena de frío y dejar que el calor sea una excusa más para descubrir nuevas combinaciones en el plato.

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