Por qué no todos los hospitales privados son iguales

El doctor Antonio M. Puppo, especialista en Medicina Intensiva, firma un editorial en el que plantea la necesidad de ordenar la sanidad privada española. Parte de una idea que cualquiera entiende. La palabra «hospital» suena siempre igual, pero detrás de ese cartel puede haber una pequeña clínica de cirugía sencilla o un centro con robots quirúrgicos y medicina nuclear. Y el paciente merece saber de verdad dónde se pone en manos.

Un mismo nombre para realidades muy distintas

Imagine que entra en dos edificios con el mismo rótulo en la puerta. En uno operan hernias y poco más. En el otro hay cuidados intensivos, urgencias abiertas las 24 horas y tecnología puntera. Sin embargo, para la administración ambos son, en lo básico, «un hospital privado».

Esa es la paradoja que denuncia Puppo en su editorial. Mientras los hospitales públicos siguen criterios comunes de organización y control, los privados forman un mosaico enorme sin una clasificación nacional que aclare qué puede ofrecer cada uno con garantías.

Lo que pierde el paciente

El asunto va más allá de lo administrativo y afecta al ciudadano de a pie. Cuando todo se llama igual, no hay forma sencilla de saber qué capacidad real tiene el centro al que se acude. La palabra «hospital» transmite una idea de competencia total que muchas veces no coincide con los recursos disponibles.

También se complica el trabajo de las aseguradoras y de la propia sanidad pública, que se quedan sin criterios objetivos para decidir dónde derivar a un paciente. Y, sobre todo, aparece un riesgo de seguridad cuando se realizan tratamientos complejos en centros que quizá no están preparados para ellos.

Clasificar para dar confianza

La propuesta del autor se entiende con ejemplos cotidianos. Nadie se extraña de que los aeropuertos se ordenen por su capacidad o de que las universidades se acrediten según su nivel. ¿Por qué la atención hospitalaria, que toca algo tan delicado como la salud, no tiene un sistema parecido?

Puppo plantea crear escalones bien definidos, desde el pequeño hospital de proximidad hasta los grandes centros de referencia, según criterios objetivos como el número de camas, la capacidad quirúrgica, los cuidados intensivos o los resultados clínicos. Es un modelo que ya funciona en buena parte de Europa y Norteamérica.

Junto a esa clasificación iría una acreditación, planteada como una revisión periódica que comprueba que los medios que un hospital dice tener existen de verdad y cumplen los estándares. El autor insiste en su carácter de mejora continua, lejos de cualquier afán sancionador.

Las máquinas no curan solas

Hay un matiz importante en el texto. En los últimos años se ha vivido una auténtica carrera tecnológica en el sector, con resonancias de alta resolución, robots e inteligencia artificial. Todo eso ayuda, pero comprar el aparato más caro no garantiza por sí solo una buena atención.

El autor lo resume con una imagen que se queda grabada. Los edificios no curan y las máquinas no toman decisiones. La verdadera capacidad de un hospital está en sus profesionales. Por eso reclama que cualquier clasificación exija un mínimo de médicos y enfermería, con guardias adecuadas y respuesta continua. La evidencia demuestra que una plantilla escasa se traduce en más complicaciones evitables.

Enseñar los resultados, no solo la actividad

Además de saber cuántas operaciones hace un hospital, el ciudadano debería poder conocer sus resultados reales, como la mortalidad ajustada, las complicaciones, las infecciones o los reingresos.

Se trata de pasar de una medicina que cuenta actividad a otra que mide su valor. Publicar esos datos, defiende Puppo, reforzaría la confianza social y premiaría la calidad frente al marketing.

Una cuestión de madurez

La pandemia enseñó lo importante que resulta conocer al detalle todos los recursos sanitarios de un territorio. Para el autor, ordenar la sanidad privada equivale a reconocer que ha crecido lo suficiente para merecer reglas propias del siglo XXI, sin que ello suponga control ni intromisión. En el fondo, concluye, se trata de proteger algo difícil de recuperar cuando se pierde, la confianza del paciente.

/

¡Comparte esta noticia en tus redes sociales y etiquétanos!

Otras noticias que quizá te interesen

¿Quieres compartir una noticia en la comunidad?

Rellena el siguiente formulario y nos pondremos en contacto contigo.