El momento en el que suena la alarma debe ser uno de los peores del día, y sobre todo lo es para quien duerme poco o mal. Y lo peor de ese mal momento es que se puede extender durante toda la jornada. La falta de sueño influye directamente en el estado de ánimo y puede hacer que estemos más irritables, sensibles o desmotivados sin saber muy bien por qué.
Mientras dormimos, el cerebro regula las emociones y procesa lo vivido durante el día. Cuando el descanso es insuficiente, esta función se altera y nos cuesta más gestionar el estrés o mantener la calma ante situaciones cotidianas. Por eso, después de una mala noche, pequeños problemas pueden parecernos mucho más grandes.
Dormir poco también afecta a la producción de hormonas relacionadas con el bienestar, como la serotonina o la dopamina. Su desequilibrio puede provocar cambios de humor, apatía e incluso una sensación constante de tristeza o ansiedad. A largo plazo, mantener hábitos de sueño irregulares puede aumentar el riesgo de sufrir problemas emocionales más serios.
No solo importa la cantidad
El descanso de calidad no depende solo de la cantidad de horas, sino también de cómo dormimos. Acostarse y levantarse a horarios irregulares, usar pantallas antes de dormir o consumir cafeína por la noche dificulta que el cerebro entre en un sueño profundo y reparador.
Cuidar el sueño significa cuidar la salud emocional y, para ello, mantener rutinas estables, crear un ambiente tranquilo antes de dormir y escuchar las señales del cuerpo puede marcar la diferencia entre empezar el día con buen ánimo o arrastrar el cansancio y el mal humor desde primera hora.



