Una reflexión necesaria sobre la eutanasia y el cuidado que no llegó a tiempo

Por Herminio A. GONZALEZ SUAREZ,  Médico Oncólogo y Paliativista y miembro de Valores de Nuestros Médicos | @doctorhermi 

Noelia Castillo Ramos, una joven parapléjica de 26 años ha decidido poner fin a su vida mediante eutanasia.

Y más allá del impacto emocional que esto genera, conviene detenerse en algo que, como sociedad, no podemos pasar por alto: no estamos ante un caso de enfermedad terminal en fase final, sino ante una historia marcada por el sufrimiento psicológico profundo, persistente y, aparentemente, insuficientemente abordado.

Esto obliga a una pregunta incómoda pero, sin embargo necesaria.

¿Hemos hecho todo lo posible antes de aceptar que no hay nada más que hacer?

Porque cuando una persona joven expresa un deseo sostenido de morir, no estamos solo ante una decisión. Estamos ante un síntoma. Ante una expresión extrema de dolor que, en muchos casos, habla más de desesperanza que de verdadera libertad.

La cuestión no es abrir un juicio simplista sobre la eutanasia.

La cuestión es preguntarnos si el sistema ha estado a la altura antes de llegar a este punto.

¿Ha existido una cobertura psicológica suficiente, continuada y especializada?
¿Ha habido un acompañamiento real, estructurado y sostenido en el tiempo?
¿O hemos llegado a la eutanasia como salida tras un recorrido fragmentado, insuficiente o tardío?


Porque si una persona siente que no hay salida, la responsabilidad no es solo individual sino colectiva.

Y aquí emerge un dilema ético que subyace a esta decisión: ¿Estamos ofreciendo la eutanasia como un acto de libertad…o, en algunos casos, como una solución cuando no hemos sabido —o no hemos querido— sostener adecuadamente el sufrimiento previo?

No se trata de negar derechos sino de garantizar procesos.

De asegurarnos de que, antes de abrir la puerta a morir, hemos abierto de verdad todas las puertas para vivir.

Porque hay un riesgo claro: que la eutanasia deje de ser una excepción bien acompañada
y empiece a convertirse, silenciosamente, en una respuesta a lo que no hemos sabido cuidar.

Y eso no es solo un problema clínico, es un problema ético y, sobre todo humano.

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