¿Por qué el calor nos pone de tan mal humor?

Si esta semana has estado más irritable de lo normal, no es que te hayas levantado con el pie izquierdo. Es que el calor ya empieza a asomarse, y tu cerebro lo está pagando. Los científicos llevan años estudiando la relación entre las altas temperaturas y nuestro estado de ánimo. Nosotros no nos paramos a pensarlo, pero el calor nos afecta mucho más de lo que creemos.


Cuando el termómetro sube, nuestro organismo entra en modo supervivencia. El corazón bombea más rápido, los vasos sanguíneos se dilatan y la sudoración se dispara para intentar mantener la temperatura corporal bajo control. Todo ese esfuerzo provoca que llegamos al final del día agotados, aunque no hayamos hecho nada especialmente exigente.


Y el cansancio, como bien sabemos, es el caldo de cultivo perfecto para la irritabilidad. Con menos energía, nuestra paciencia mengua, los pequeños contratiempos se vuelven insoportables y cualquier conversación puede convertirse en una discusión sin apenas motivo aparente.


La culpa también la tiene el sueño


Uno de los efectos más dañinos del calor pasa de madrugada, cuando intentamos dormir y no podemos. El cuerpo necesita bajar su temperatura para conciliar el sueño profundo, y cuando el ambiente no lo permite, el descanso se fragmenta y se vuelve poco reparador.

Dormir mal es, según multitud de estudios, uno de los factores que más directamente deteriora el humor al día siguiente. Nos vuelve más reactivos, menos empáticos y con una capacidad mucho más limitada para gestionar el estrés.

Cuando hay calor: Nos cuesta dormir bien
Cuando dormimos mal: Nos irritamos con mayor facilidad


Y si a eso le sumamos que el calor también nos irrita, es una pescadilla que se muerde la cola.

La deshidratación, esa gran olvidada


El cerebro es extraordinariamente sensible a los cambios en el nivel de hidratación del cuerpo. Con una pérdida de apenas el 1 o 2% del agua corporal, ya empiezan a notarse efectos sobre la concentración, el humor y la tolerancia a la frustración.

El problema es que muchas veces no percibimos la sed hasta que ya llevamos un rato deshidratados. Para entonces, el daño en el estado de ánimo ya está hecho. Beber agua de forma regular, aunque no se tenga sed, es una de las cosas más sencillas que podemos hacer para proteger nuestra estabilidad emocional en verano.

¿Se dispara el cortisol?

A todo lo anterior hay que sumar el efecto del calor sobre el cortisol, la hormona del estrés. Las altas temperaturas activan en el organismo una respuesta de alerta similar a la que tendríamos ante una amenaza, lo que nos mantiene en un estado de tensión constante, aunque no seamos conscientes de ello.

El calor intenso activa el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal, el mismo sistema que gestiona la respuesta al estrés. Como resultado, el organismo puede elevar los niveles de cortisol, aunque la magnitud de este efecto depende de factores como la intensidad del calor, el tiempo de exposición y el estado de hidratación de la persona.

¿Nos acostumbramos?

La buena noticia es que el cuerpo tiene cierta capacidad de adaptación. Quienes viven en climas cálidos de forma habitual desarrollan mecanismos fisiológicos y psicológicos para tolerar mejor las altas temperaturas. Sin embargo, los primeros días de calor intenso de cada temporada siempre pasan factura, incluso a los más curtidos. Así que si estos días tienes menos paciencia de lo habitual, no te juzgues demasiado. Tu cuerpo está trabajando a marchas forzadas para mantenerte en pie. Pero no te olvides de beber agua, refrescarte y descansar todo lo que puedas por la noche.

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