Las bebidas alcohólicas están integradas plenamente en nuestra cultura. De hecho, son más antiguas que las pirámides. Las primeras bebidas alcohólicas surgieron allá por los años 7000-8000 a.C en China y Oriente Medio. Eran bebidas fermentadas de forma natural como la hidromiel, el vino o la cerveza. Pero por muchos años que tenga esta costumbre, no podemos obviar sus efectos negativos para la salud.
El consumo de alcohol tiene efectos negativos graves y generalizados, como por ejemplo daños hepáticos (cirrosis), enfermedades cardiovasculares (hipertensión), trastornos neurológicos, diversos tipos de cáncer etc. Pero hay un perjuicio al que no le solemos prestar mucha atención. Porque cuando bebemos alcohol es común sentir euforia, relajación. Nos desinhibe, nos hace sentir más sueltos, más sociables. Parece, al menos durante un rato, que todo va mejor. Pero lo que sucede en nuestro cuerpo, es más bien lo contrario.
Lo que hace en realidad es apagar, temporalmente, los mecanismos de control e inhibición. Por eso, a medida que avanza la misma noche, no es raro que aparezcan emociones menos agradables. Como la irritabilidad, bajón anímico o incluso ansiedad.
Impacto a largo plazo
El consumo habitual de alcohol está estrechamente ligado a problemas como la depresión o la ansiedad. Y aquí aparece un círculo complicado: muchas personas beben para aliviarse, pero el propio alcohol termina empeorando ese malestar. Es un parche que, con el tiempo, agranda la herida.
Interfiere con neurotransmisores clave como la serotonina, la dopamina o el GABA (es el principal neurotransmisor inhibidor del sistema nervioso central, encargado de reducir la excitabilidad neuronal), alterando el equilibrio químico del cerebro. Con el uso continuado, el organismo se adapta a su presencia, hasta el punto de necesitarlo para funcionar “con normalidad”. De ahí surgen la dependencia y síntomas de abstinencia como el insomnio, la ansiedad o la irritabilidad.
Además, el consumo sostenido deteriora funciones básicas como la memoria, la concentración o la toma de decisiones. En los casos más extremos, puede derivar en trastornos neurológicos graves. Y cuando el abuso es intenso, tampoco son raros episodios como alucinaciones o cuadros severos durante la abstinencia.
El alcohol además de afectar a cómo pensamos, también afecta a cómo actuamos. Reduce las inhibiciones y amplifica las emociones negativas, lo que aumenta el riesgo de conductas impulsivas en momentos de vulnerabilidad.
Todo esto alimenta un patrón difícil de romper:
- Malestar emocional
- Consumo para aliviarlo
- Alivio momentáneo… y después, un malestar aún mayor que empuja a volver a beber.
Porque, aunque a corto plazo parezca una ayuda, a largo plazo el alcohol suele convertirse en justo lo contrario.



