Lo hacemos casi sin darnos cuenta. Ponemos un capítulo de la serie, abrimos el móvil para ver las noticias o simplemente dejamos la tele de fondo mientras comemos. Parece inofensivo. Pero cada vez hay más evidencia de que comer con pantallas es uno de los hábitos más silenciosamente dañinos que hemos incorporado a nuestra rutina diaria.
El cerebro no puede hacer dos cosas a la vez
Cuando comemos frente a una pantalla, la atención se divide. El cerebro está procesando imágenes, sonidos e información al mismo tiempo que gestiona la digestión, y algo tiene que ceder. Lo que cede, casi siempre, es la consciencia de lo que estamos comiendo.
Esto tiene una consecuencia directa y va más allá de la simple distracción. Cuando comemos frente a una pantalla, el sistema nervioso entra en modo alerta, lo que se conoce como activación simpática. El problema es que la digestión necesita justo lo contrario, el modo parasimpático, el descanso y la calma. Es ese estado el que activa la salivación, estimula los jugos gástricos y permite que el intestino absorba bien los nutrientes. Si el cerebro está procesando estímulos de una pantalla, el cuerpo frena literalmente esos procesos porque entiende que hay cosas más urgentes que atender. El resultado es que comemos más, peor y aprovechamos menos lo que ingerimos.
La saciedad llega tarde, o no llega
El cuerpo tiene un sistema muy preciso para decirnos cuándo hemos comido suficiente. La hormona leptina, entre otras señales, le indica al cerebro que el estómago está lleno. Pero ese proceso tarda unos 20 minutos desde que empezamos a comer. Si en ese tiempo estamos absortos en una pantalla, el mensaje se pierde entre el ruido. Seguimos comiendo porque no hemos recibido la señal de parar, y cuando por fin la recibimos, ya hemos comido de más.
Peor digestión, peor absorción
La digestión empieza mucho antes de que la comida llegue al estómago. Empieza en el cerebro, con la anticipación del olor y la vista de los alimentos, y continúa en la boca con la masticación y la saliva. Cuando comemos distraídos, masticamos peor y más rápido, tragamos más aire y le enviamos al estómago piezas de comida demasiado grandes que cuesta más procesar. El resultado: más gases, más hinchazón y una digestión más lenta y pesada.
Un momento que hemos perdido
Más allá de la fisiología, hay algo que también se pierde cuando comemos con pantallas: el propio acto de comer. Durante siglos, la comida ha sido un momento de pausa, de conversación, de conexión con los demás o con uno mismo. Un momento en el que el cuerpo descansa y el ritmo baja.
Hoy ese espacio ha desaparecido para muchas personas. La mesa se ha convertido en una extensión del sofá o del escritorio, y comer se ha reducido a un trámite que hacemos mientras hacemos otra cosa.
¿Por dónde empezar?
No hace falta un cambio radical. Con empezar por una comida al día sin pantallas es suficiente. Sin móvil, sin tele, sin ordenador. Solo la comida, el plato y, si hay compañía, la conversación. El cuerpo lo nota antes de lo que parece.



