De pequeños, el verano parecía eterno. Un mes de agosto tenía la duración de un mundo entero. Ahora, en cambio, miramos atrás y no entendemos cómo ha podido pasar ya medio año. Este fenómeno tiene explicación científica, y entenderlo dice mucho sobre cómo funciona nuestro cerebro.
Todo es relativo, también el tiempo
Una de las teorías más aceptadas es la llamada teoría proporcional. El cerebro percibe cada período de tiempo en relación con todo el tiempo vivido hasta ese momento. Para un niño de cinco años, un año representa el veinte por ciento de toda su vida. Para alguien de cincuenta, ese mismo año es apenas el dos por ciento. Es la misma cantidad de días en el calendario, pero el peso que tiene en la memoria es completamente distinto.
El cerebro aprende y deja de prestar atención
El cerebro es una máquina que ahorra energía, y una de las formas en que lo hace es ignorando todo aquello que ya conoce. Cuando somos jóvenes, casi todo es nuevo. Cada experiencia genera recuerdos vívidos y detallados porque el cerebro trabaja a pleno rendimiento para procesarla. Con los años, la rutina se instala. El trayecto al trabajo, el supermercado del barrio, los mismos planes del fin de semana… El cerebro ya no necesita procesar todo eso con atención, lo hace en piloto automático. Y lo que pasa sin atención apenas deja huella en la memoria. Al mirar atrás, esos períodos parecen vacíos, comprimidos, como si hubieran transcurrido en un instante.
Los recuerdos como marcadores del tiempo
El tiempo no lo medimos en horas sino en recuerdos. Cuando recordamos un período de nuestra vida, lo que hacemos en realidad es contar las experiencias almacenadas de ese momento. Una infancia llena de primeras veces (el primer día de colegio, el primer viaje, el primer amigo) genera muchísimos marcadores. Una década adulta de rutina genera muchos menos. Y el cerebro interpreta esa escasez de recuerdos como escasez de tiempo.
Esto explica también por qué las vacaciones, aunque duren poco, parecen largas al recordarlas. Son días llenos de cosas nuevas, lugares distintos, experiencias fuera de lo habitual. El cerebro los registra con detalle y luego los recupera con riqueza. Al contrario que el mes de oficina que, visto en perspectiva, se desvanece en unos pocos flashes.
¿Se puede hacer algo?
La respuesta es más sencilla de lo que parece. Incorporar novedad a la vida cotidiana (cambiar rutas, probar cosas distintas, viajar aunque sea cerca, aprender algo nuevo) hace que el cerebro vuelva a prestar atención y genere más recuerdos. La clave está en salir del piloto automático con cierta frecuencia, sin necesidad de llenar la agenda frenéticamente.
El tiempo avanza al mismo ritmo para todos. Pero la sensación de que vuela suele ser una señal de que estamos viviendo demasiadas horas sin realmente estar en ellas.



